Tres años en una casa invernadero experimental…


Esta vivienda forma parte de un estudio de la Universidad de Rotterdam, que contó con la participación de la familia Scholten, con dos hijos y un perro, para vivir por un periodo de tres años en una casa concebida como un gran invernadero.

Su interior se desarrolla con terrazas escalonadas orientadas a sur, desde planta baja  hasta el huerto de la cubierta. Ofrece un espacio que fusiona el interior con el exterior, pero manteniendo las condiciones de confort al abrigo de la gran estructura acristalada.

Los materiales principales son la madera para la estructura, y por supuesto el vidrio, además de varios elementos vegetales integrados en la arquitectura. La construcción ha sido llevada a cabo por los estudiantes de la universidad, con materiales de origen sostenible, o bien reciclados. Las ventanas de la fachada trasera han sido reutilizadas de las antiguas edificaciones del lugar, incorporando de alguna manera el carácter de la arquitectura típica de la zona. Esa fachada de varias ventanas es doble, formando una cámara que hace la vez de colchón térmico con la fachada interior.

El resto de la envolvente la componen los laterales de los espacios vivideros con fachadas vegetales, de gran inercia térmica, y un cerramiento acristalado que envuelve la casa como un gran invernadero. La fachada sur incorpora igualmente uno paneles solares térmicos de tubo de vacío.

La planta baja se encuentra ligeramente elevada sobre el terreno, que hace la vez de suelo de la terraza. El terreno, sin ningún acabado artificial, absorbe el calor y ejerce de superficie estabilizadora de la temperatura ambiente.

Al estar la planta elevada, bajo el forjado existe una cámara de aire ventilada. Los cerramientos exteriores del patio central no llegan a tocar el suelo, dejando una separación de unos 5cm con el fin de permitir la entrada natural del aire, que asciende al calentarse y renueva el aire.  Este gran patio hace la vez de núcleo de comunicación vertical, ilumina las estancias de planta baja y primera, y ejerce de chimenea natural para ventilar toda la vivienda.

La cubierta del invernadero recoge el agua de lluvia, que es almacenada en bidones para el riego del huerto.

Un hogar de este tipo requiere mucho mantenimiento, como pudo comprobar la familia al encontrarse todas las plantas muertas de vuelta de una semana de vacaciones. Aun así, las ventajas de este estilo de vida compensan, aunque la experiencia y opinión de esta familia puede servir de punto de partida para optimizar el diseño de este tipo de viviendas.

En una entrevista concedida por la familia en 2018, se expuso un balance de los pros y contras de esta experiencia. Uno de los aspectos negativos de su estancia gira en torno al invernadero de la terraza superior. Las dos bóvedas son de plástico, atravesadas por la chimenea de la caldera de biomasa, que expulsa ceniza caliente con el consiguiente peligro al caer sobre el material de la cubierta.  

En comparación con una vivienda estándar, se pudo comprobar que la calidad del aire interior era muy superior, manteniéndose en buenas condiciones de humedad, y sin notarse partículas  en el ambiente, lo cual resulta favorable frente a posibles alergias. El problema gira en torno a la temperatura alcanzada a lo largo del año. El grado de satisfacción de la familia desciende cuanto más elevada se encuentre la estancia. En verano, permanecer en el huerto de la cubierta resulta poco agradable.     

En la práctica, la ventilación de todo el espacio escalonado bajo la cubierta invernadero resulta dificultosa, ya que no llega a alcanzar gran profundidad hacia el interior de las estancias. En invierno, la vivienda se encontraba por debajo de la temperatura de confort. La familia aseguró que un suelo radiante habría resultado más efectivo, manteniendo el calor a cota de suelo, en vez de pretender calentar todo el volumen de aire con una estufa de biomasa, aire que por convección se escapaba con demasiada facilidad hacia la planta superior.

Otro de los problemas planteados es el de la accesibilidad. La planta baja, a pesar de ser térmicamente la más agradable en contacto con el terreno, ha sido la menos usada. La elevación del edificio ejerce de alguna manera de barrera psicológica, y la sala principal de reunión se encuentra en la planta primera. El jardín del acceso se utilizó exclusivamente para las celebraciones familiares, reuniendo hasta 40 personas, por lo que abrir las ventanas de la cubierta se volvía necesario para disipar tanta carga interna. 

Otra de las dificultades que plantea la familia es el del mantenimiento, ya que la limpieza periódica de los cerramientos acristalados resulta prácticamente imposible.

Aunque la experiencia ha sido muy positiva, las recomendaciones de los Scholten nos llevan a una edificación no tan separada del terreno, con espacios vivideros en contacto justamente con la tierra y su capacidad para mantener una temperatura más estable y confortable. Invernaderos diseñados en varias alturas comunicadas dificultan una estancia cómoda por encima de la segunda planta debido a la gran diferencia de temperatura. La ventilación debe diseñarse con especial cuidado, y tenerse en cuenta que el mantenimiento de cualquier plantación en un invernadero de estas características requerirá de cuidados especiales, como pueden ser un mínimo de dos riegos en verano.

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