Reflexiones de confinamiento.


Atrás queda más de un mes de confinamiento. Esta amenaza viral nos mantiene en jaque, recluidos en casa. No queda otra que alternar el teletrabajo con largos momentos de introspección, si no queremos quebrarnos la cabeza a golpe de series, programas y telediarios.

Engullidos por un ritmo acelerado sin poder escapar de ruidos y prisas, preservar un punto de silencio mental, solo tuyo, es esencial para no perder tu identidad. Y de repente… un frenazo… En reclusión, nuestra casa se torna templo, como lo es el cuerpo a la mente. Quien cuide su casa, la llamará hogar, refugio, un segundo cuerpo tectónico que te envuelve y protege del exterior. Algunos, afortunados, disfrutamos de terraza. Rodeado de plantas, cultivo mi edén privado, mi cachito de exterior donde disfrutar del aire fresco y los rayos del sol. Balcones me rodean, anónimos, sin identidad… hasta ahora. Cada tarde a las 20h, las terrazas de mi calle muestran al fin un rostro, vecinos desconocidos que se reúnen diariamente para animar con sus aplausos a miles de héroes que velan por nuestra salud. En días soleados, algunos redescubren esa parcelita de placer donde disfrutar de una cervecita, mientras otros las usan de trastero, manteniendo el anonimato a la sombra de sus cuevas… y no es para menos, una terraza de trastos viejos no anima a salir.   

La terraza es un espacio de transición con el exterior, pero también una proyección exterior de nuestro grado de comprensión y respeto por ese sutil límite. Ese valor del límite, del vacío de los espacios intersticiales, sigue latente en la cultura japonesa tradicional, cuyos hogares son auténticos templos de luz matizada por múltiples capas que diluyen los límites entre interior y exterior. En esta abstracción espacial, el vacío cobra gran valor. Así lo entendió y aplicó Wright en sus viviendas. En occidente digamos que somos más “brutos”, casi como programados para considerar que ese espacio abierto es de lo más inútil, volviendo coherente el sacrificio del “vacío” por unos cuantos metros más de cueva.

Si a esta falta de valor por el espacio le sumamos los efectos de una posible crisis, muchos de nosotros vemos con recelo el futuro de esta profesión. La semana pasada compartí en Facebook un artículo que comparaba el oficio del arquitecto con el del agricultor. Vaticinaba una trayectoria similar a la del campo, que vio cómo la oferta de puestos de trabajo menguaba a golpe de tecnología y mecanización. Una cultura emergente “del campo a la mesa” interesada en un producto de calidad y saludable fue la oportunidad de oro para reciclar el sector. Siguiendo este argumento, el futuro de la arquitectura sería igualmente el de convertirse en un artículo de lujo. En realidad en algunos casos ya lo es, pero más que producto de lujo, aquí veo más bien un problema de concienciación.

Al igual que nos volvemos selectos con el origen de las hortalizas en pro de una buena salud, deberíamos valorar los beneficios de un buen diseño espacial, la elección de materiales, el diálogo con el entorno… a fin y al cabo, una lechuga siempre ha sido una lechuga, al igual que un ladrillo siempre ha sido un ladrillo, tan solo que ahora confundimos ese despertar de conciencia con un lujo ya presente en la memoria de gran parte de la arquitectura popular del planeta, al igual que nuestros abuelos disfrutaban de los mejores platos de lentejas ecológicas, aunque ni se lo planteaban.

Como bien me decía un antiguo profesor, el arquitecto debe saber vender liebre por gato, dar lo mejor dentro del presupuesto, hacer de aliado cualquier adversidad técnica, ofreciendo un producto final que sea algo más que construcción, sea arquitectura. Esa idea ya era perseguida por Wright en su visión de la Ciudad Viviente. En sus bases de la arquitectura orgánica, ésta sólo sería posible en el seno de una sociedad igualmente orgánica. De nuevo volvemos a la concienciación.

Esto me lleva a enlazar con la última de las reflexiones… a colación de los hospitales construidos en 10 días y de las únicas opiniones que encuentro en internet, todas ellas tan favorables que incluso argumentan una falta de interés en el resto del mundo capitalista en el que no conviene construir tan rápido. Soy un gran defensor de la prefabricación, pero este punto de vista me causa escalofríos. Mi experiencia me demuestra que todo el tiempo ahorrado en obra acaba trasladándose a la oficina, ya que cada pieza debe encajar como un reloj, lo que requiere  de una coordinación previa tanto de las piezas prefabricadas, como de todas las instalaciones del edificio, que no son pocas, además de ajustarse a todas las normativas. No contemos ya el proceso de fabricación. No resulta ni operativo ni lógico tener hospitales en stock. En España, esta situación de crisis ha provocado que muchos materiales de construcción se fabriquen exclusivamente bajo pedido. Ya circulan comentarios sobre un cambio drástico en la forma que conocemos de construir, pero frenando los plazos, no recortándolos. Ya bastante acelerados estábamos!     

Este desarrollo completo de un proyecto puede durar meses, por no decir años desde su primer trazo. Debemos tener claro que la rapidez de ejecución en estos hospitales se debe a una alerta sanitaria, una situación de excepción, en la que prevalece la vida humana ante todo, razón por la cual las instalaciones del hospital provisional del Ifema de Madrid se realizaron en tiempo record con la colaboración desinteresada y sin descanso de bomberos, militares y otros profesionales, que apenas fueron nombrados. En nuestro caso además ya contábamos con un edificio construido. La prefabricación es un gran avance que debería ser mucho más explotado, pero vender que es posible construir edificios del calibre de un mega-hospital en 10 días es engañar a la gente.     

En cualquier caso, el mensaje que pretendo defender con este blog, es otro. La prefabricación es una vía de futuro. Podemos negociar los plazos más adecuados de diseño y de ejecución. Lo que no podemos negociar es cómo se orienta el producto final, lo que me devuelve al futuro de nuestra profesión. Recuperando una cita de la película “la liga de la justicia”, en boca de Diana de Themyscira:

“la tecnología es como cualquier otro poder, sin sentido, sin corazón, nos destruye”

Esta reflexión bien podría ser acuñada por Wright, que asociaba la tecnología a lo que denominaba la “máquina”, una herramienta muy valiosa, pero de no usarse con el Corazón, destruye la vida. En un reciente anuncio de televisión, oí una frase similar a “ánimo, que ya queda un día menos… los balcones volverán a ser balcones”… pues perdónenme señores, pero los balcones nunca han sido tan balcones como en el último mes. Sería una pena que tras  todo esto, no aprendamos nada. De hecho, está lloviendo… os dejo para disfrutar de ese puro placer para el oído, la vista y el olfato…

   “Un gran arquitecto no se hace tanto por medio de un cerebro como por un corazón cultivado y enriquecido.”

Frank Lloyd Wright

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